domingo, 23 de noviembre de 2008

Metamorfoseándonos




¿Cúando fue el momento exacto en que empezamos a mezclarnos escandalosamente?
¿Cúando fue que tu raquis y mis vértebras se empezaron a confundir?

viernes, 21 de noviembre de 2008

Pensaba en los tantos nidos agusanados
en los que me hubiera gustado perderme,
y en los gritos mudos que se llevan los trenes.
Pensaba en tus manos dibujando salmones,
y en la forma en que tus venas-acueducto se inflaban hiperbólicamente
y pensaba en mis ganas de que estallaran de vida.
Pensaba en despeinarte más que los erizos
y en que me tejas hojas de ficus.
Pensaba en proponerte saltar hasta un no-sé-dónde,
te iba a pedir que me desarticularas
y que jugáramos a perder mis costillas.
Pensaba en los despojos que quedaron
del "te miro" y el "te miro mirarme".
Pensaba en nuestros muebles robándose verdades.
Pensaba en las esperas, y en los atrevimientos acobardados.
En los restos que nos quedó de un juego anciano,
que sacude el esternón, con ganas.

jueves, 20 de noviembre de 2008


La metamorfosis del tiempo le tensaba los músculos hasta el extremo en que los gestos se volvieron subversivos, reaccionarios contra los adoctrinamientos que atraviesan la carne. Días que arrastraban con fuerza las consecuencias del ineludible proceso civilizatorio y de miradas panoptistas que vuelven al cuerpo no-cuerpo, algo impropio y extraño. Días que son horas cuantificadas y medibles, donde los minutos pasaron a tener “valor”. Los movimientos no pueden desbordar el molde que logró volverlos tan eficaces, tan funcionales. Y la piel se sigue tensando, se estira, impedida como está de toda sensibilidad. Y sin embargo, las anatomías escapan constantemente al tiempo cronometrado y economizado, al tiempo que rinde. Escapan a través de grietas e intersticios, de poros por los cuales el cuerpo se funde con el exterior, con lo suyo extirpado. El cuerpo se vuelve grotesco, se carnavaliza. En esos momentos de escape se religa con el resto del mundo, ya no está aislado, tampoco es un cuerpo acabado ni perfecto, sino que sale fuera de sí, franquea sus propios límites. Y el mundo también penetra en él a través de orificios, protuberancias, ramificaciones o excrecencias. El cuerpo eternamente incompleto, creado y creador, se reencuentra con aquello que de más instintivo y visceral tiene, se degrada pero positivamente, entra en comunión con su parte más inferior. Siente hasta agotarse, y agotándose aún siente. Y el tiempo se vuelve cíclico, natural y biológico; los tic-tac-tic-tac que adormecen los sentidos van cesando. Es el tiempo que grita que se extingan los relojes.
Abrió los ojos y la retina sólo descubrió la imagen borrosa de un mosquito succionador de la vida en forma de líquido rojo, parado en la punta de la nariz. Odiaba a los mosquitos. El ruido que hacía el ventilador de techo era cualquier cosa menos sinfónico y en la televisión una filósofa postmoderna hablaba de que el deseo había sido expropiado de los hombres para convertirse en un producto social. ¡¿El deseo?! Justamente una de las cosas que vuelven a los hombres totalmente impredecibles, ¿expropiado? Le pareció suficiente. El zumbido del mosquito seguía flotando por el aire. El despertador estaría por sonar en cualquier momento. Sin girar la cabeza fue adivinando formas con la mano hasta encontrarlo; lo apagó. “Hoy no”, pensó mientras los ojos se le cerraban y se rascaba la roncha de la nariz.