jueves, 7 de abril de 2011

Diverbium Dêlîrus,a,um


-El otro día vino Diana, ¿la viste? Tenía puesto un vestido con sarpullido, ¿qué sería? ¿Sarampión? Pobre, lo debería poner en cuarentena, mirá si la contagia...ella es linda igual, ¿es linda, no? Estoy pensando en proponerle casamiento, ¡las ganas que tengo de verla con tulipanes en la cabeza! Una cortina de tulipanes, ¿estamos en época de tulipanes?

-Las fresias. Las fresias son lindas...en mi casa teníamos un jardín lleno de fresias, y más atrás estaba el ficus, ¡alto el ficus!

-Sí, con tulipanes y un vestido que de tan azul de frío, ¿no?

-Aunque yo prefiero el verano eh, podés andar descalzo, recuperás el diálogo con el piso, ¿viste?...qué sé yo. Ah, pero lo que me molesta son los mosquitos, que sobrevivan a base de sustancia humana me da rabia, ¿entendés? Uno no anda por ahí deglutiendo mosquitos...bueno, te podrás comer alguna vaca, alguna gallina quizá. Pero los mosquitos...¡no hay derecho!

-Claro, la otra vez le dije a la señora Julia que el churrasco estaba sobreee...¿cómo es? Cuando está muy cocido, ¡pero pucha! ¿Cómo se decía? Sobre-algo era...bueno, que estaba muy duro, ¿viste? Y se lo llevó y me sirvió más sopa, pero nunca me volvió a traer el churrasco. ¿Debería quejarme?...Sí, yo creo que debería quejarme.

-Los mosquitos no tendrían que tener derecho...tendrían que estar fuera de todo parámetro antropocéntrico. Había un autor...esteee, se me escapan los nombres. Ese es un problema, ¿no? La de malas interpretaciones que habría si viviéramos olvidándonos los nombres. O confundiéndolos...sabés que el otro día hablaba con Joaquín y le contaba que Marita falleció, así de un momento al otro, no sé bien qué le agarró, pobre...cuestión que se le paró el corazón. Pero claro, resulta que la que falleció era Esther, me acordé unos días después de que me había equivocado el nombre...igual Joaquín ya se habrá enterado.

-¿Hay libro de quejas? Tenemos libro de quejas acá, ¿no? Porque yo quiero dejar asentado lo que pasó, ¿qué te parece? Y después decirle a la señora Julia que para el casamiento prepare algo, así...rapidito, no sé, unos canapés, salchichitas con mostaza, ¡qué ricas las salchichitas con mostaza! Pero nada de churrascos. No, no...a ver si otra vez me los haceee...duros, y tengo que volver a firmar en el libro. Ah, podría cambiar la firma, ¿no? No había pensado en eso...

-Ah, me acordé. Peter Singer...¡el autor! Singer se llamaba. Decía que todo lo viviente, todo pero todo eh, tenía que ser considerado por igual desde el momento en que el sufrimiento existe para mí, para la vaca y para ese mosquito también. Miralo, cómo vuela y zumba impunemente...

-No sabés cuánto sufro últimamente. Es un sufrimiento extraño...no le encuentro la causa todavía, creo que tiene algo que ver con la angustia, y además tengo sueño ¡y calor! ¡Lo que sufro el calor! Che, cómo me pica el brazo...¿qué hay acá, garrapatas? Voy a ver si cuando vuelva a visitarme Diana le digo, tengo que ensayarlo...impostar la voz. Tendría que ver unas cuantas películas de ficción hollywoodense, ¿no? Quiero aprender a pedir casamiento con voz grave y sin que me tiemble...

-No sé en qué noticiero el otro día pasaron algo de un terremoto, por Asia creo. La cantidad de gente que muere cuando la tierra tiembla che. Ah, ya me acordé, sobrecocido...

-...

-Sobrecocido estaba tu churrasco.

martes, 15 de marzo de 2011

BMY-030



Me miró con sus ojos verde-pasto-ficus-tortuga. Me miró y se rió. Hacían setenta y tres grados de calor al pie del Cerro de la Virgen en Salta. Y estábamos en ojotas. Se supone que calor y ojotas son términos que deberían convivir sin mayores dificultades. Pero cuando el calor es tanto que el cuerpo siente que va a pasar de un estado sólido a uno liquidísimo, cambia. Las ampollas de los pies no me dejaban seguir. Pensaba en las suyas, que parecían no dolerle, o no tener. Pensé en mi piel fina, que se cortaba más fácil. En la de él gruesa, que soportaba. Hacía unos minutos habíamos terminado de comer unos sándwiches sentados en la entrada de un mercadito. Besos con barba en el mercadito. Cuando me pincho con su barba el organismo, enterito, se me da vuelta y me quedo de boca al piso. Y al pie del cerro él se reía. Yo lloraba por mis ampollas y me reía de mis ampollas. Ampollada, tristemente ampollada, lo veía mirarme tentado y me rebotaba el corazón. Me dijo que me las saque e intente subir descalza. Después de unos metros de clavarme piedritas vimos a tres hombres sentados en el cantero de un árbol bien alto en medio del camino y les preguntamos si sabían de alguna remisería. Contestaron algo que nunca logramos comprender. Meta, ¡meta nomás! Como dicen los salteños. Y en eso, la patente BMY-030. Era una camionetita amarilla que manejaba un viejito, que venía con otros dos. Lo que siguió fue simple: desde el cerebro al dedo pulgar sin escalas. Hacer dedo con el hombre de los ojos verde-pasto-ficus-tortuga, con el hombre de la única barba que necesito que me pinche hasta clavarse en los poros de mi piel. Quería hacer dedo con él. Subirnos a la camionetita amarilla con los viejitos. Subirnos arriba de esa camionetita-caracol, aunque sólo nos alcanzaran unos pocos metros y después tengamos que caminar kilómetros. Aunque las ampollas reventaran. Aunque no tenga los pies descartables como para sacármelos y seguir viaje.

El no ombligo


¿Y qué tal si hoy tengo mi vida negativamente prefijada? Si me encuentro en un a-momento, en un a-lugar. Me importa un pito si la Real Academia Española, que es tan lexicográfica, tan gramatiquita, no puede definir “a-lugar”. Es que nadie se debería encontrar nunca en esa no-posición. Todos ubicados en algún lugar de algún bendito mapamundi. Todos, perfectamente identificados. Todos delimitados fisiológicamente. Mentalmente categorizados. ¡Puaj! Puajpuajpuaj. Pero si los aeropuertos…¡los freeshops! Los freeshops son lo más antilugar que hay. El freeshop no tiene nacionalidad, localidad, código postal. Son todos igualitos. Algo así pasa con los McDonals, o con los Starbucks. Si entrás a cualquiera de estos lugares no importa si estás en Dinamarca, Japón, Grecia o Colombia, porque estás en un no-lugar. No me gustan los freesohps, pero me siento descentrada. Vi a mi centro rodar por Asamblea y doblar en José Maria Moreno. Lo perdí.
Igual, esto de andar sin centro tampoco es tan malo. Quizá era hora de perderlo. No sé por qué se me ocurre pensar en el ombligo. En el momento en que se nos cae ese pedacito de cordón umbilical que nos cuelga asquerosamente durante quince días al menos. Ese cordón, que funcionó en algún momento como una especie de acueducto, de comeducto, de repente se seca y se cae. Y entonces ahí está, nuevito, puro, brillante, el ombligo, dividiéndonos en dos mitades.
Hace unos días mi ombligo se mudó abajo del dedo gordo del pie. Le gusta tocar la tierra, el pasto, las sábanas. Mira y percibe desde otro lugar y se le da por agrandar un poco las cosas. Se volvió algo exagerado mi ombligo.
Mientras tanto, yo me siento un poco desarticulada. Algo desposicionada, acentrada. Con el ombligo corrido. No sé, desombligada. Con perdón de la Real Academia.

domingo, 23 de noviembre de 2008

Metamorfoseándonos




¿Cúando fue el momento exacto en que empezamos a mezclarnos escandalosamente?
¿Cúando fue que tu raquis y mis vértebras se empezaron a confundir?

viernes, 21 de noviembre de 2008

Pensaba en los tantos nidos agusanados
en los que me hubiera gustado perderme,
y en los gritos mudos que se llevan los trenes.
Pensaba en tus manos dibujando salmones,
y en la forma en que tus venas-acueducto se inflaban hiperbólicamente
y pensaba en mis ganas de que estallaran de vida.
Pensaba en despeinarte más que los erizos
y en que me tejas hojas de ficus.
Pensaba en proponerte saltar hasta un no-sé-dónde,
te iba a pedir que me desarticularas
y que jugáramos a perder mis costillas.
Pensaba en los despojos que quedaron
del "te miro" y el "te miro mirarme".
Pensaba en nuestros muebles robándose verdades.
Pensaba en las esperas, y en los atrevimientos acobardados.
En los restos que nos quedó de un juego anciano,
que sacude el esternón, con ganas.

jueves, 20 de noviembre de 2008


La metamorfosis del tiempo le tensaba los músculos hasta el extremo en que los gestos se volvieron subversivos, reaccionarios contra los adoctrinamientos que atraviesan la carne. Días que arrastraban con fuerza las consecuencias del ineludible proceso civilizatorio y de miradas panoptistas que vuelven al cuerpo no-cuerpo, algo impropio y extraño. Días que son horas cuantificadas y medibles, donde los minutos pasaron a tener “valor”. Los movimientos no pueden desbordar el molde que logró volverlos tan eficaces, tan funcionales. Y la piel se sigue tensando, se estira, impedida como está de toda sensibilidad. Y sin embargo, las anatomías escapan constantemente al tiempo cronometrado y economizado, al tiempo que rinde. Escapan a través de grietas e intersticios, de poros por los cuales el cuerpo se funde con el exterior, con lo suyo extirpado. El cuerpo se vuelve grotesco, se carnavaliza. En esos momentos de escape se religa con el resto del mundo, ya no está aislado, tampoco es un cuerpo acabado ni perfecto, sino que sale fuera de sí, franquea sus propios límites. Y el mundo también penetra en él a través de orificios, protuberancias, ramificaciones o excrecencias. El cuerpo eternamente incompleto, creado y creador, se reencuentra con aquello que de más instintivo y visceral tiene, se degrada pero positivamente, entra en comunión con su parte más inferior. Siente hasta agotarse, y agotándose aún siente. Y el tiempo se vuelve cíclico, natural y biológico; los tic-tac-tic-tac que adormecen los sentidos van cesando. Es el tiempo que grita que se extingan los relojes.
Abrió los ojos y la retina sólo descubrió la imagen borrosa de un mosquito succionador de la vida en forma de líquido rojo, parado en la punta de la nariz. Odiaba a los mosquitos. El ruido que hacía el ventilador de techo era cualquier cosa menos sinfónico y en la televisión una filósofa postmoderna hablaba de que el deseo había sido expropiado de los hombres para convertirse en un producto social. ¡¿El deseo?! Justamente una de las cosas que vuelven a los hombres totalmente impredecibles, ¿expropiado? Le pareció suficiente. El zumbido del mosquito seguía flotando por el aire. El despertador estaría por sonar en cualquier momento. Sin girar la cabeza fue adivinando formas con la mano hasta encontrarlo; lo apagó. “Hoy no”, pensó mientras los ojos se le cerraban y se rascaba la roncha de la nariz.

viernes, 12 de septiembre de 2008

Esa distancia infinita, esa separación fundamental a partir de la cual, lo que separa se convierte en relación. Es el intervalo, el puro intervalo que, de mí a ese otro, mide todo lo que hay entre nosotros, la interrupción de ser que no me autoriza a disponer de él, ni de mi saber sobre él y que lejos de impedir toda comunicación, nos relaciona mutuamente en la diferencia y a veces, el silencio de la palabra.
El ‘otro’ como tabú, eso del otro que aleja, pero arde...eso del otro que aleja porque arde. Cuando se sacuden los intestinos, y se eriza la piel, ¿dónde queda el lugar de las convenciones bostezantes y deprimentes que hacen presente a la cosificación y al desencantamiento? ¿Qué asidero tienen? ¿Para qué? Si existen los desparramamientos irreflexivos, los desencadenamientos desmesurados, los temblores que no invaden la inteligencia, sino el sentimiento. Los desdibujamientos de las estructuras que contienen y refrenan. Los des-sujetamientos de las subjetividades de los sujetos. Si existen las señoras que desde algún balcón de una callecita madrileña se desabrochan los corpiños para sentir la voz del viento.