
¿Cúando fue el momento exacto en que empezamos a mezclarnos escandalosamente?
¿Cúando fue que tu raquis y mis vértebras se empezaron a confundir?
Toco, toco poros, amarras, calas toco, teclas de nervios, muelles tejidos que me tocan, cicatrices, cenizas, trópicos vientres toco, solos solos, resacas, estertores, toco y mas toco, y nada. Prefiguras de ausencia, inconsistentes tropos, qué tú, qué qué, qué quenas, qué hondonadas, qué máscaras, qué soledades huecas, qué sí qué no, qué sino que me destempla el toque, qué reflejos, qué fondos, qué fallebas heladas que no abren, qué nada toco en todo.

¿Qué? Todo me atraviesa. No hay algo que en mayor o menor medida no agujeree mis capas, por lo menos las más superficiales, las otras son algo más impenetrables, pero vulnerables al fin. Sí, te estoy hablando de vulnerabilidad ¿y qué? ¡No! ¿Qué tiene que ver eso con la indefensión? Perceptibilidad. Per-cep-ti-bi-li-dad, de eso hablo. ¿Alguna vez intentaste tragarte un pez volador? ¿Un pez mariaelenawalshiano? Vas a ver...el aleteo desesperado y ahogado te hace cosquillas en el cuello y después, cuando se baña entre los líquidos viscosos, un mareo delirante, casi surrealista clava un banderín en el medio de la vesícula biliar ¡Qué se yo por qué ahí! Pasa... ¿Y qué tiene de malo un poco de susceptibilidad? Dejar abiertos los poros de vez en cuando también es saludable. Es inevitable que a veces duela, ya sé, lo sé. ¿Y de dónde te pensás que salen las escamas espinadas, las astillas escamosas, las espinas astilladas? Exacto, del dolor. ¿Qué hacés? ¡Dejá de morderte ese labio ya, no ves que te está sangrando! Todo esto no tiene ningún sentido, ¿o sí? No entiendo, en fin, ¿qué estamos discutiendo?