viernes, 12 de septiembre de 2008

Esa distancia infinita, esa separación fundamental a partir de la cual, lo que separa se convierte en relación. Es el intervalo, el puro intervalo que, de mí a ese otro, mide todo lo que hay entre nosotros, la interrupción de ser que no me autoriza a disponer de él, ni de mi saber sobre él y que lejos de impedir toda comunicación, nos relaciona mutuamente en la diferencia y a veces, el silencio de la palabra.
El ‘otro’ como tabú, eso del otro que aleja, pero arde...eso del otro que aleja porque arde. Cuando se sacuden los intestinos, y se eriza la piel, ¿dónde queda el lugar de las convenciones bostezantes y deprimentes que hacen presente a la cosificación y al desencantamiento? ¿Qué asidero tienen? ¿Para qué? Si existen los desparramamientos irreflexivos, los desencadenamientos desmesurados, los temblores que no invaden la inteligencia, sino el sentimiento. Los desdibujamientos de las estructuras que contienen y refrenan. Los des-sujetamientos de las subjetividades de los sujetos. Si existen las señoras que desde algún balcón de una callecita madrileña se desabrochan los corpiños para sentir la voz del viento.