Me miró con sus ojos verde-pasto-ficus-tortuga. Me miró y se rió. Hacían setenta y tres grados de calor al pie del Cerro de la Virgen en Salta. Y estábamos en ojotas. Se supone que calor y ojotas son términos que deberían convivir sin mayores dificultades. Pero cuando el calor es tanto que el cuerpo siente que va a pasar de un estado sólido a uno liquidísimo, cambia. Las ampollas de los pies no me dejaban seguir. Pensaba en las suyas, que parecían no dolerle, o no tener. Pensé en mi piel fina, que se cortaba más fácil. En la de él gruesa, que soportaba. Hacía unos minutos habíamos terminado de comer unos sándwiches sentados en la entrada de un mercadito. Besos con barba en el mercadito. Cuando me pincho con su barba el organismo, enterito, se me da vuelta y me quedo de boca al piso. Y al pie del cerro él se reía. Yo lloraba por mis ampollas y me reía de mis ampollas. Ampollada, tristemente ampollada, lo veía mirarme tentado y me rebotaba el corazón. Me dijo que me las saque e intente subir descalza. Después de unos metros de clavarme piedritas vimos a tres hombres sentados en el cantero de un árbol bien alto en medio del camino y les preguntamos si sabían de alguna remisería. Contestaron algo que nunca logramos comprender. Meta, ¡meta nomás! Como dicen los salteños. Y en eso, la patente BMY-030. Era una camionetita amarilla que manejaba un viejito, que venía con otros dos. Lo que siguió fue simple: desde el cerebro al dedo pulgar sin escalas. Hacer dedo con el hombre de los ojos verde-pasto-ficus-tortuga, con el hombre de la única barba que necesito que me pinche hasta clavarse en los poros de mi piel. Quería hacer dedo con él. Subirnos a la camionetita amarilla con los viejitos. Subirnos arriba de esa camionetita-caracol, aunque sólo nos alcanzaran unos pocos metros y después tengamos que caminar kilómetros. Aunque las ampollas reventaran. Aunque no tenga los pies descartables como para sacármelos y seguir viaje.
Toco, toco poros, amarras, calas toco, teclas de nervios, muelles tejidos que me tocan, cicatrices, cenizas, trópicos vientres toco, solos solos, resacas, estertores, toco y mas toco, y nada. Prefiguras de ausencia, inconsistentes tropos, qué tú, qué qué, qué quenas, qué hondonadas, qué máscaras, qué soledades huecas, qué sí qué no, qué sino que me destempla el toque, qué reflejos, qué fondos, qué fallebas heladas que no abren, qué nada toco en todo.
martes, 15 de marzo de 2011
El no ombligo

¿Y qué tal si hoy tengo mi vida negativamente prefijada? Si me encuentro en un a-momento, en un a-lugar. Me importa un pito si la Real Academia Española, que es tan lexicográfica, tan gramatiquita, no puede definir “a-lugar”. Es que nadie se debería encontrar nunca en esa no-posición. Todos ubicados en algún lugar de algún bendito mapamundi. Todos, perfectamente identificados. Todos delimitados fisiológicamente. Mentalmente categorizados. ¡Puaj! Puajpuajpuaj. Pero si los aeropuertos…¡los freeshops! Los freeshops son lo más antilugar que hay. El freeshop no tiene nacionalidad, localidad, código postal. Son todos igualitos. Algo así pasa con los McDonals, o con los Starbucks. Si entrás a cualquiera de estos lugares no importa si estás en Dinamarca, Japón, Grecia o Colombia, porque estás en un no-lugar. No me gustan los freesohps, pero me siento descentrada. Vi a mi centro rodar por Asamblea y doblar en José Maria Moreno. Lo perdí.
Igual, esto de andar sin centro tampoco es tan malo. Quizá era hora de perderlo. No sé por qué se me ocurre pensar en el ombligo. En el momento en que se nos cae ese pedacito de cordón umbilical que nos cuelga asquerosamente durante quince días al menos. Ese cordón, que funcionó en algún momento como una especie de acueducto, de comeducto, de repente se seca y se cae. Y entonces ahí está, nuevito, puro, brillante, el ombligo, dividiéndonos en dos mitades.
Hace unos días mi ombligo se mudó abajo del dedo gordo del pie. Le gusta tocar la tierra, el pasto, las sábanas. Mira y percibe desde otro lugar y se le da por agrandar un poco las cosas. Se volvió algo exagerado mi ombligo.
Mientras tanto, yo me siento un poco desarticulada. Algo desposicionada, acentrada. Con el ombligo corrido. No sé, desombligada. Con perdón de la Real Academia.
Igual, esto de andar sin centro tampoco es tan malo. Quizá era hora de perderlo. No sé por qué se me ocurre pensar en el ombligo. En el momento en que se nos cae ese pedacito de cordón umbilical que nos cuelga asquerosamente durante quince días al menos. Ese cordón, que funcionó en algún momento como una especie de acueducto, de comeducto, de repente se seca y se cae. Y entonces ahí está, nuevito, puro, brillante, el ombligo, dividiéndonos en dos mitades.
Hace unos días mi ombligo se mudó abajo del dedo gordo del pie. Le gusta tocar la tierra, el pasto, las sábanas. Mira y percibe desde otro lugar y se le da por agrandar un poco las cosas. Se volvió algo exagerado mi ombligo.
Mientras tanto, yo me siento un poco desarticulada. Algo desposicionada, acentrada. Con el ombligo corrido. No sé, desombligada. Con perdón de la Real Academia.
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