martes, 15 de marzo de 2011

El no ombligo


¿Y qué tal si hoy tengo mi vida negativamente prefijada? Si me encuentro en un a-momento, en un a-lugar. Me importa un pito si la Real Academia Española, que es tan lexicográfica, tan gramatiquita, no puede definir “a-lugar”. Es que nadie se debería encontrar nunca en esa no-posición. Todos ubicados en algún lugar de algún bendito mapamundi. Todos, perfectamente identificados. Todos delimitados fisiológicamente. Mentalmente categorizados. ¡Puaj! Puajpuajpuaj. Pero si los aeropuertos…¡los freeshops! Los freeshops son lo más antilugar que hay. El freeshop no tiene nacionalidad, localidad, código postal. Son todos igualitos. Algo así pasa con los McDonals, o con los Starbucks. Si entrás a cualquiera de estos lugares no importa si estás en Dinamarca, Japón, Grecia o Colombia, porque estás en un no-lugar. No me gustan los freesohps, pero me siento descentrada. Vi a mi centro rodar por Asamblea y doblar en José Maria Moreno. Lo perdí.
Igual, esto de andar sin centro tampoco es tan malo. Quizá era hora de perderlo. No sé por qué se me ocurre pensar en el ombligo. En el momento en que se nos cae ese pedacito de cordón umbilical que nos cuelga asquerosamente durante quince días al menos. Ese cordón, que funcionó en algún momento como una especie de acueducto, de comeducto, de repente se seca y se cae. Y entonces ahí está, nuevito, puro, brillante, el ombligo, dividiéndonos en dos mitades.
Hace unos días mi ombligo se mudó abajo del dedo gordo del pie. Le gusta tocar la tierra, el pasto, las sábanas. Mira y percibe desde otro lugar y se le da por agrandar un poco las cosas. Se volvió algo exagerado mi ombligo.
Mientras tanto, yo me siento un poco desarticulada. Algo desposicionada, acentrada. Con el ombligo corrido. No sé, desombligada. Con perdón de la Real Academia.

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