Me miró con sus ojos verde-pasto-ficus-tortuga. Me miró y se rió. Hacían setenta y tres grados de calor al pie del Cerro de la Virgen en Salta. Y estábamos en ojotas. Se supone que calor y ojotas son términos que deberían convivir sin mayores dificultades. Pero cuando el calor es tanto que el cuerpo siente que va a pasar de un estado sólido a uno liquidísimo, cambia. Las ampollas de los pies no me dejaban seguir. Pensaba en las suyas, que parecían no dolerle, o no tener. Pensé en mi piel fina, que se cortaba más fácil. En la de él gruesa, que soportaba. Hacía unos minutos habíamos terminado de comer unos sándwiches sentados en la entrada de un mercadito. Besos con barba en el mercadito. Cuando me pincho con su barba el organismo, enterito, se me da vuelta y me quedo de boca al piso. Y al pie del cerro él se reía. Yo lloraba por mis ampollas y me reía de mis ampollas. Ampollada, tristemente ampollada, lo veía mirarme tentado y me rebotaba el corazón. Me dijo que me las saque e intente subir descalza. Después de unos metros de clavarme piedritas vimos a tres hombres sentados en el cantero de un árbol bien alto en medio del camino y les preguntamos si sabían de alguna remisería. Contestaron algo que nunca logramos comprender. Meta, ¡meta nomás! Como dicen los salteños. Y en eso, la patente BMY-030. Era una camionetita amarilla que manejaba un viejito, que venía con otros dos. Lo que siguió fue simple: desde el cerebro al dedo pulgar sin escalas. Hacer dedo con el hombre de los ojos verde-pasto-ficus-tortuga, con el hombre de la única barba que necesito que me pinche hasta clavarse en los poros de mi piel. Quería hacer dedo con él. Subirnos a la camionetita amarilla con los viejitos. Subirnos arriba de esa camionetita-caracol, aunque sólo nos alcanzaran unos pocos metros y después tengamos que caminar kilómetros. Aunque las ampollas reventaran. Aunque no tenga los pies descartables como para sacármelos y seguir viaje.

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